miércoles 8 de febrero de 2012

Breve especulación sobre la confianza


Trust Me. Please. - cheeseboy18193


¿Es ingenuo pensar que el ser humano es bueno por naturaleza? Nuestra vida cotidiana parece sugerir esto. Sin embargo, es difícil afirmar con seguridad si los vicios morales que se observan nacen con la persona, o se imponen tan pronto ésta adquiere cierta consciencia. Independientemente de las razones que los originan, nadie puede negar que la mentira, la traición y el egoísmo prevalecen en la mayoría de las personas. Desde luego, existirán quienes sean menos propensos – más libres – a adoptar estas maneras, pero irremediablemente todos alguna vez terminaremos cometiendo alguna de ellas.

Ante este escenario, resulta curioso con qué facilidad confiamos en las personas. No existe una relación de necesidad, sino mera cotidianidad – como bien señalaría Hume – entre la confianza que depositamos en una persona, y que ésta no nos dañe de alguna manera. Cuando confiamos en alguien, lo hacemos suponiendo que conocemos a dicha persona lo suficiente para garantizarnos cierta seguridad. La confianza es una suerte de expectativa, de saber – o creer saber – que el depositario de nuestra confianza actuará según lo que esperamos, es decir que no nos defraudará. Sin embargo, no podemos realmente estar seguros de esto, pues no existen conexiones reales que obliguen a la otra parte a comportarse como desearíamos.

La confianza se parece a la fe, me ha dicho alguna vez un amigo. Yo la he comparado con un juego de azar, incapaces de prever con quién nos equivocaremos en confiar. El desasosiego que produce este escenario es evidente: si no somos capaces de confiar en los demás, ¿podemos construir relaciones interpersonales?

Sin embargo, hasta este punto, la confianza ha sido analizada de manera simplemente racional. La realidad es que, nuestros juicios, y particularmente los que vertimos sobre otras personas, no están determinados exclusivamente por la razón. La intuición, esa suerte de entendimiento inmediato, nos permite juzgar aquellas cosas que, si abstraemos del mundo por medio de la razón, pierden significado. Las personas pertenecen al reino de tales cosas, y por lo tanto la intuición juega un papel determinante para entenderlas.

Si bien la razón parece sugerir cierto escepticismo ante la posibilidad de una verdadera confianza, la intuición nos permite acceder al entendimiento necesario para saber en qué personas podemos confiar. Mas no se trata aquí de justificar una actitud humana sobre bases esotéricas, sino sobre una forma de entendimiento que hemos relegado pero tan válida como la razón. Sin embargo, como todo conocimiento humano, la intuición tampoco está exenta de errores de juicio. Y estos se ven agravados por nuestra incompetencia para utilizar la intuición libre de las inseguridades y los miedos propios del hombre. La intuición se encuentra más cerca de las emociones que la razón, y por ello, en una sociedad desentendida de sus afecciones emocionales, resulta inevitable que sus miembros sean más bien lerdos para utilizar una intuición purificada de psicosis.  

Confiar no es algo que hagamos bajo el imperio de la razón, se trata de ejercitar el autoconocimiento que nos permita acceder a una intuición más pura, más libre de nuestros demonios, y por lo tanto más diestra para juzgar a quienes se mueven con nosotros por el mundo. 

lunes 30 de enero de 2012

Ideas cruzadas


fractal - selester
Ayer desperté con una idea en la cabeza: imagina que esta vida no fuera mi vida, si no el recuerdo de ella.  Dicen que cuando uno muere, la vida pasa frente a tus ojos. Imagina que yo ya esté muerto, y que esto no sea más que un recuerdo atrapado en lo que dura un pensamiento. Todo lo que haré es todo lo que ya he hecho. Y nada nuevo se puede hacer porque estaría condenado a lo que ya fue, al recuerdo; el muy detallado recuerdo de alguien para quien yo no soy más que una idea, la idea que tiene de sí.

Pero tal vez se nos permite ese recuerdo en el último momento con un propósito: enmendar errores. Y tal vez así yo, la idea de ese alguien más, sí tengo voluntad. Existiría para enmendar una vida; su vida; ¡mí vida!… Y seguramente no sería consciente de lo que se tendría que cambiar. Tendría que descifrarlo, conocerme  a mí mismo para saber dónde tengo que cambiar, mejorar. Pero no sería infalible, porque nada lo es. Y me equivocaría siguiendo algunas pistas, acertaría otras. Al final de la vida, del recuerdo de la vida; todavía habría cosa por mejorar. Y yo, la idea, construiría un recuerdo con mi último aliento, para darle vida a ese pensamiento que me vindicaría, un yo hecho de vaho para mejorar aquello que yo no pude; y que tal vez él tampoco podrá completar. Yo sería Dios por haber creado su universo, y su misión sería superarme. Pero como él tampoco sería infalible, también él crearía un universo. Y así hasta algún improbable momento en el que yo, y todas mis muertes anteriores, quedemos satisfechos. Como un fractal, ¿sabes?

Pero él solo sonreía falsamente, asintiendo, dejando que imaginara que lo estaba escuchando, mientras pensaba cómo postear en Facebook que hoy había conocido a un loco. 

miércoles 24 de agosto de 2011

La cuestión del desencanto


Oldman - Jesiccah-pal
Hay una constante que he comenzado a observar, cada vez de manera más frecuente, entre las personas de mayor edad, una desilusión absoluta ante el mundo que los rodea; pero aún más preocupante, una indiferente resignación ante ese mundo que alguna vez quisieron hacer mejor.

Entiendo que, después de cierto tiempo, las personas tienden a adaptarse a un entorno con el que quizá no están de acuerdo. Pasan los años, y las fuerzas merman, la salud se deteriora y las responsabilidades se imponen. Sin embargo, esto no me parece explicación suficiente para entender ese desencanto tan extendido entre las generaciones más viejas.

Tal vez hay un límite para toda la hipocresía, banalidad y corrupción que una persona puede tolerar. Tal vez cuando se alcanza ese límite tendemos a refugiarnos en vez de seguir luchando por un cambio que parece nunca llegará. Bajo esta premisa, el desencanto de la edad adulta sería mejor descrito como un asco, un asco hacia esa sociedad enferma que se intuye pero que abarca demasiado. Y esa demasía sería la culpable de que todo espíritu combativo se abrumara después de años de una lucha que parecen conducir a nada.

¿Es inevitable esta tendencia al desencanto? No lo creo; pero sí que es la más común. Después de todo, cuánto puede soportar un hombre antes de perder toda fe en un futuro que jamás le tocará presenciar. Sólo los espíritus más fuertes son capaces de soportar esa decadencia de los ideales. Otros, también los menos, subliman parte de ese desencanto personal en la formación de los más jóvenes; transmitiendo sus conocimientos y experiencias pretenden consolidar ese cambio que ellos no pudieron lograr.

Personas que admiro y respeto me han sorprendido con las mismas palabras: “estoy desilusionado(a) de la política… de la sociedad… de la vida”… de un infinito etcétera. Yo mismo, de tiempo en tiempo, me hallo sentado en algún lugar cualquiera preguntándome si, a pesar de todo mi esfuerzo, podré contribuir de alguna forma a cambiar un mundo que se encuentra perdido en un enfermizo sopor. ¿Cómo cambiar algo que nos mantiene cómodos?

Lo ideal sería nunca perder esa actitud crítica-proactiva. En su defecto, transmitir lo aprendido a las generaciones más jóvenes. El cambio, generalmente, no viene de una única iniciativa. Éste detona después de generaciones de insatisfacciones (y críticas). Tal vez nos toque ser la vanguardia material del cambio, tal vez simplemente los ideólogos del mismo. Lo importante es no claudicar.